Diego Simeone, el hombre que durante años ha sido el símbolo de la garra, la intensidad y el espíritu indomable del Atlético de Madrid, se ha convertido en el principal responsable de una de las derrotas más dolorosas y humillantes de la temporada. En la rueda de prensa posterior al partido contra el Bodø/Glimt, que terminó con una estrepitosa caída por 1-2 en el Riyadh Air Metropolitano, el Cholo no dudó en asumir su culpa de manera directa y contundente.
Admitió que no jugó con todas sus fuerzas, que no dio el 100% y que, en retrospectiva, debería haber estado en el banquillo en lugar de dirigir desde la banda. Sus palabras resonaron como un mazazo en el corazón de una afición que esperaba, al menos, una reacción digna en un duelo clave para la supervivencia en la Champions League.

El contexto no ayuda a suavizar el golpe. El Atlético llegaba a este encuentro con la obligación de ganar y hacerlo con contundencia para aspirar al top 8 directo de la fase de liga. Sin embargo, el equipo noruego, que ya había sorprendido al mundo al vencer al Manchester City días antes, demostró una vez más su capacidad para competir contra gigantes.
Alexander Sørloth adelantó a los colchoneros en el minuto 15 con un cabezazo impecable, pero la alegría duró poco.Fredrik Sjøvold igualó antes del descanso y Kasper Høgh selló la remontada en el 59′, dejando al Metropolitano en silencio y al equipo fuera de las plazas privilegiadas.

Lo más impactante no fue el resultado en sí —que ya era duro—, sino la autocrítica radical del entrenador. Simeone, conocido por proteger siempre a sus jugadores y asumir la responsabilidad colectiva, fue más allá en esta ocasión. “No di el 100%. No jugué con la intensidad que este equipo merece en un momento como este.
Reconoció que sus decisiones tácticas fueron erráticas: cambios extraños que desequilibraron al equipo cuando más necesitaba gol, una falta de agresividad en la presión alta y, sobre todo, una lectura del partido que permitió al Bodø/Glimt explotar sus transiciones rápidas con facilidad. “Debería haber estado en el banquillo.

La afición, que ya había mostrado su descontento durante el partido con pitos dirigidos al banquillo tras algunos relevos inexplicables, se sintió traicionada. Simeone ha sido el alma del Atlético durante más de una década: títulos de Liga, finales de Champions, remontadas épicas… Pero en este momento crítico, cuando el equipo necesitaba su mejor versión, el argentino pareció desconectado.
No fue solo un mal día; fue una acumulación de señales que venían acumulándose.En los partidos previos, como el empate frustrante ante el Galatasaray, ya se había notado una falta de frescura en las ideas, pero nadie imaginaba que llegaría a este punto de autodesprecio público.
Analizando el encuentro con detalle, el problema no radicó solo en la ejecución de los jugadores —que, como siempre defiende Simeone, dieron todo lo que tenían tras un calendario exigente—. El técnico optó por un planteamiento conservador al inicio, esperando controlar el balón sin arriesgar demasiado, pero eso permitió al Bodø/Glimt crecer en confianza.
Cuando el Atlético intentó acelerar en la segunda parte, ya era tarde: los noruegos cerraron espacios con disciplina y castigaron cada error en salida. Los 25 disparos locales contrastan con la ineficacia total: solo un gol, y muchos rechaces que terminaron en nada.Simeone admitió que “no encontramos la contundencia que necesitábamos” y que “fallé en ajustar a tiempo”.
Esta derrota no es solo deportiva; es emocional. Para una hinchada que ha vivido con pasión el “cholismo”, ver a su ídolo admitir que no dio el máximo duele profundamente. “ÉL ME HA DECEPCIONADO”, resume el sentir de muchos en las redes y en las gradas. No se trata de cuestionar su legado —que es inmenso—, sino de constatar que, en este ciclo, algo se ha roto.
El Atlético ahora debe jugar los playoffs de la Champions, un camino mucho más complicado y con rivales de entidad como Real Madrid o Inter de Milán en el horizonte.Simeone lo sabe y, en su comparecencia, prometió “recuperar la intensidad desde ya”. Pero las palabras solas no bastan; los hechos deben demostrar que esta autocrítica fue genuina y no un momento de debilidad.
El futuro inmediato pasa por corregir errores, recuperar la solidez defensiva y, sobre todo, por que el entrenador vuelva a ser ese líder que inspira miedo al rival y confianza al vestuario. Porque si Simeone no da el 100%, el Atlético sufre. Y si el Atlético sufre, la decepción se multiplica. La afición espera respuestas en el campo, no solo en la sala de prensa.
El camino continúa, pero con una herida abierta. Simeone tiene la oportunidad de redimirse, de demostrar que sus palabras fueron el punto de inflexión y no el principio del fin. Mientras tanto, el silencio del Metropolitano tras el pitido final sigue resonando como un reproche colectivo. El entrenador que nos hizo soñar ahora debe volver a convencernos de que puede hacerlo.